La vida a través de un móvil, el registro de un recuerdo

 Si algo malo ha traído la tecnología digital a la fotografía es su banalización, y no me refiero a la banalización del proceso creativo, sino a la de la propia contemplación de una fotografía. Como si del mismísimo Gordon Bell se tratara, me encuentro en los actos infantiles (a los que acudo últimamente con frecuencia debido a mi paternidad) a cierta clase de individuos pertrechados con todo tipo de instrumentos cuya única preocupación consiste en obtener un buen rincón cercano al escenario donde poder establecerse y captar cada segundo de la vida de su pequeño.

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  Tenemos a elementos de todo tipo, desde el padre aficionado a la fotografía que pone en peligro sus cervicales mientras carga con una cámara profesional adosada a un enorme objetivo (símbolo fálico por excelencia entre estos seres), hasta el abuelo que estrena un nuevo móvil que le han regalado los nietos y que iza sobre su cabeza buscando un buen ángulo donde las cabezas de los asientos delanteros no le rompan el encuadre.
    Todos ellos tienen una meta común, la de almacenar para el recuerdo un instante que, no se dan cuenta, se han perdido.
    ¿Pero acaso la fotografía no tiene como meta congelar un momento en el tiempo para su contemplación futura? Bueno, quizás sí, pero olvidamos a veces que nunca seremos capaces de recrear nuestro presente en el futuro, por mucho que lo intentemos.
    Fotografía de registro, nada más que eso, un simple registro, como la del policía que busca en sus imágenes la perfecta recreación de la escena de un crimen para poder rellenar su informe. Estas personas no crean álbumes de recuerdos, sino informes de su propia vida, y en el proceso olvidan que ese instante lo han perdido, porque sólo fueron capaces de ver lo que la pantalla de su cámara les enseñaba.
    Veo a estos padres sentados junto a mi mientras miran cómo sus hijos bailan, pequeños, diminutos, pero eso sí, en la alta definición de las pantallas de sus teléfonos. Dentro de unos meses podrán verlo en su televisor a plena resolución y verán todo lo que se perdieron aun estando presentes, lo que sus equipos quisieron enseñarles.
    Yo prefiero tomar una foto donde mi hija es protagonista y viste un traje de bailarina mientras que se contonea al ritmo de la Bamba. Cuando la imprima pondré un texto junto a ella que ponga “Carmen, baile de fin de curso 2013, 4 años”, y cuando la vea dentro de muchos años quizás me evoque recuerdos que yo mismo viví. Quizás sean recuerdos en parte inventados, porque no tendré pruebas ni registros ni informes que me digan qué sucedió realmente, pero a veces los recuerdos son sólo eso, una cobertura de chocolate con la que rodeamos nuestras vivencias más felices.
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